miércoles, 27 de agosto de 2008

ERA ESTUPENDO QUEMAR

















ERA ESTUPENDO QUEMAR


Con esta frase, fascinante y terrible a un tiempo, se abre la primera parte de la novela Fahrenheit 451, escrita por Ray Bradbury y publicada en 1953. El título hace referencia a la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde (233º C).

Se trata de una narración que plantea una utopía inversa y negativa, introduciéndonos en una sociedad regida por un Estado-gendarme que supuestamente vela por la felicidad de sus ciudadanos. El protagonista, Guy Montag, es miembro del cuerpo de bomberos. Un cuerpo muy particular, cuyos componentes lucen cascos con el número 451, conducen vehículos con apariencia de salamandra y tienen como misión no apagar incendios, como cabría suponer, sino quemar libros. En efecto, la postura oficial del gobierno sostiene que el hecho de leer impide a los ciudadanos ser felices, porque los llena de angustia. Al leer, los hombres empiezan a ser diferentes; y deben ser iguales, para trabajar con efectividad y no cuestionarse sus acciones ni las de los demás.

En el transcurso del relato, Montag va experimentando una progresiva toma de conciencia que le hace plantearse su trabajo y reflexionar sobre la sociedad en la que vive; un proceso que inevitablemente le llevará al enfrentamiento con sus superiores y a ser perseguido por las autoridades. Tras conseguir escapar al bosque, acabará formando parte de una extravagante minoría que clama en el desierto, un grupo clandestino de hombres que han memorizado libros y los transmiten oralmente para preservarlos de cara al futuro.

Fahrenheit 451 fue interpretada en su momento como una cruda crítica a la sociedad norteamericana de los años 50, después de Hiroshima y Nagasaki, un periodo marcado por el tenso contexto de la guerra fría y el macartismo, con la opinión pública inmersa en una atmósfera amenazante que cristalizaría al fin en el prolongado y vergonzoso episodio conocido como «caza de brujas» y repleto de delaciones, denuncias, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de comunismo. Todo ello en nombre de la seguridad nacional, claro está. Había que conservar a toda costa la ilusión de que el mundo era maravilloso y feliz, y dejar patente que las opiniones opuestas eran «incinerables»; y la vida «agradable», el único y verdadero objetivo que preservar.

Obviamente, la novela es esa alegoría en contra de los gobiernos totalitarios y a favor de la libertad. Pero como siempre sucede con los grandes libros, no es sólo eso. Es también un libro que clama contra la supresión de los libros. Contra quienes los queman, como en su momento hicieron los nazis (se empieza quemando libros y se acaba quemando personas), pero también contra quienes los prohíben. Contra quienes los censuran, pero también contra quienes, en nombre de una mal entendida cultura de la imagen, los desprestigian y ningunean para promover en su lugar una retahíla de concursos televisivos estupidizantes, programas del corazón, videojuegos brutales y anuncios muchas veces falaces, que machacan nuestra vida con su estruendo huero y alienante. Contra quienes los desaconsejan y menosprecian, pero también contra quienes los traicionan desde dentro, escondiendo los buenos libros entre la desmesurada maraña editorial de los miles de títulos inanes que se publican y promueven por intereses únicamente comerciales.

Fahrenheit está entre nosotros desde hace mucho. Ahora no utiliza lanzallamas, afortunadamente, pero sigue actuando bajo muchos disfraces.

Bradbury nos enfrenta al peligro, pero no renuncia a luchar contra él. El homenaje que rinde a la narración oral en la conclusión de su novela, nos deja a los lectores la esperanza de que algún día el conocimiento pueda superar a la ignorancia.

Para finalizar, no me resisto a incluir un breve fragmento en el que Montag le comenta a su esposa el caso de una mujer que había preferido quemarse junto a sus libros antes que perderlos:

─ Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
(Traducción de Alfredo Crespo)

* * * * *

Si se te olvida un dedo en el teléfono
y la oreja pegada en el auricular
cuando llamas al hombre de influencia
no importa
así no meterás el dedo en la nariz
y no tendrás jamás la mosca tras la oreja.
[...]

(Jesús López Pacheco)

* * * * *

ALGO DE LOS GRANDES, GRANDES

Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

(James Joyce: Los muertos, último relato de Dublineses)

(Traducción de Guillermo Cabrera Infante)




1 comentario:

The Decadence Tragedy dijo...

Esta seccion de libros se nota que esta hecha para desaprender lo aprendido y dar un par de vueltas en la noria de la razon.


la verdad esta ahi fuera...